Estéticas para la contemporaneidad

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    Crític: María José Rague
    Teatre: Teatre Lliure Montjuïc ( Barcelona)
    Tres espectáculos con vigencia

    Sin duda, hay clásicos que vale la pena recuperar y que no necesitan de grandes actualizaciones. Es el caso de Un enemic del poble de Ibsen (Christiania,1828), un autor de quien muchas obras siguen vigentes. El tema es conocido. En un balneario, se descubre que las aguas están contaminadas. El empresario decide cerrarlo para evitar perjuicios en la salud de quienes se bañan en él. Sin embargo su hermano, el alcalde, quiere ocultarlo para salvar y beneficiar la economía del pueblo. Es un debate moral e ideológico entre dos actitudes. El dilema es extensible a muchas situaciones actuales, sin ir más lejos el tan comentado fracking que permite sacar petróleo pero destruye el ecosistema… Son las contradicciones de la democracia dominada siempre por los intereses económicos.

    En el Teatre Lliure, hemos podido admirar la bella y sobria versión del texto que han elaborado Juan Mayorga y Miguel del Arco para mostrar el enfrentamiento entre dos posturas, para incidir en la lección moral de la obra. Es la corrupción la que domina, en ella se han sumergido las fuerzas vivas del municipio. Un cierto asambleísmo da una modernidad un tanto gratuita apuesta en escena. Quizá diría yo que la escenografía no es adecuada, que no era necesario construir un balneario, ni mostrar tanta agua… No, no tiene demasiado sentido. Pero hay grandes intérpretes, sin duda un magnífico y poderoso Pere Arquillué y también en otros niveles Roger Casamajor y Pablo Derqui y Jordi Martínez y prácticamente todo el reparto. Un enemic del poble es gran teatro de ideas y situaciones, de interpretación e imaginación.Falla lo ostentosamente gratuito del espacio escénico pero… es lo que a veces entendemos por teatro.
    Ello no quiere decir que no haya que innovar y experimentar. En días sucesivos he visto dos espectáculos jóvenes que me han interesado. No es que Brian Field (Irlanda, 1929) sea joven ni Translations reciente. Frield es irlandés y la obra se estrenó en 1980. Muntanyés nos
    trajo al Lliure una de las perlas de este autor, Dansa d’agost, pero ahora La Perla, dirigida por Ferran Utzet, nos muestra esta obra que aunque situada en la Irlanda rural de 1833 nos habla de la trascendencia de la lengua propia.

    En 1833, los ingleses se plantan en un pueblo de la Irlanda rural para traducir al inglés los topónimos irlandeses. Hay una voluntad de que el gaélico desaparezca de la vida pública. Allí también inaugurarán una escuela gratuita en la que se enseña siempre en inglés. Nativos y visitantes no se entienden, aunque se inicie una historia de amor entre un inglés y una nativa y ambos quieran vivir en el mismo lugar.
    ¿Cómo se traducen los sentimientos? Poco después de la época en la que se sitúa la historia, el irlandés habrá desaparecido de la mayor parte de los pueblos de Irlanda. Los ingleses y los irlandeses no se entienden aunque sobre el escenario todos hablen la misma lengua. El gaélico ha sido sustituido por el inglés. No hay más…

    Ha sido una ofensiva contra la lengua que ha dado buenos resultados. Hoy sólo un 3% de irlandeses hablan su lengua. Nueve actores hablan y se mueven con gran precisión y eficacia, con un sabor ritual que impregna un espectáculo que tiene gran interés en su primera parte y se alarga demasiado en la segunda. Pero la puesta en escena tiene profundidad e interés.
    En todo momento, el espacio escénico nos envuelve con la temática, el ambiente y los personajes de la obra. El espectáculo es casi carnal. No deberíamos perdérnoslo porque, aunque situado en el siglo XIX, nos habla con amenidad y cierta brillantez de un tema que hoy, en Cataluña, nos concierne a todos.

    Innovador y en la línea de lo que solíamos llamar antes experimental, otro espectáculo que me ha interesado entre los muchos que se han estrenado en las últimas dos semanas, está El Drac d’Or de Roland Schimmering (Göttingen,1967) en el Teatre Akadèmia. ¿Nuevas tendencias? ¿Modernidad? Habíamos visto en 2006 alguna de sus obras, programadas en la Sala Beckett, como La nit àrab que dirigió Toni Casares. Aquí, cinco actores crean los espacios con sus cuerpos y se transmutan cuando es necesario en los diversos personajes del texto. Son inmigrantes que trabajan míseramente en un restaurante chino-tailandés-vietnamita, El Drac d’Or. A partir de los cinco actores, inmigrantes asiáticos, vivimos el ambiente del local pero también el de los lugares cercanos, el súper, las azafatas que comen allí –una de las cuales dice haber visto desde el avión una barcaza llena de negros–, una cigarra explotada por las hormigas, una pareja que se separa…

    Son historias de opresión y explotación. Es la palabra, el texto y sus acotaciones, lo que construye el espacio y las situaciones. Todo se desarrolla en un ambiente distanciado, desenfadado en el que la explotación se nos muestra sin acentos viscerales ni sentimentales; los actores dicen sus textos como si recitaran un papel, incluyendo las líneas del texto y su puntuación, subrayando explícitamente las pausas, mutando sus personajes con naturalidad, moviendo sus cuerpos con agilidad para incorporar los distintos de la obra. El cuerpo de los actores crea los diferentes espacios. Sus palabras señalan las situaciones de manera explícita. Son inmigrantes explotados, son sin papeles la crueldad de la necesidad de sobrevivir. Es un texto que nos golpea a través de su frialdad y que nos seduce
    a partir de su agilidad brillante. ¿Cómo puede dolerte una muela si eres un inmigrante
    sin papeles? Sólo te la pueden arrancar tus compañeros y dejar por descuido que caiga en la sopa de una azafata cliente del restaurante… Aquí la reflexión nos viene del humor.
    Acabo de hablar de tres espectáculos que nos transmiten ideas, que nos muestran
    las luchas contra distintas opresiones y lo hacen con tres estéticas radicalmente
    diferentes. Son tres épocas, tres momentos históricos pero los tres, hoy, tienen vigencia.