Távora y su [Don Juan] sin toro

    0
    Crític: Joan-Anton Benach
    Espectacle: Julius i Florette Forever

    Unpaso más de La Cuadra de Sevilla ensu recreaciónapasion ada de los mitos hispanos. En un ruedo de quita y ponse estrenó el “Don Juan” de Salvador Távora, espectáculo críptico-simbólico de alambicada lectura, conmomen tos de ambiciosa plasticidad y unin vitado de categoría: el rejoneador Ángel Peralta, 82 años de pundonor. No es la primera vez que Távora aborda el mundo de la lidia. “Piel de toro” (1985) confirmaba las formas originales y vigorosas con las que la compañía expresaba uncompromiso civil y político inequívoco. Relamapagueabanen “Piel de toro” las afiladas uñas antifascistas del grupo y el ruedo era unterritorio de incisivas identificaciones. Me consta que Salvador Távora y su gente no han abdicado de ninguna de sus premisas ideológicas, pero justamente es la “identificación” lo que a veces se oscurece y lo que, en este caso, llena el espacio teatral de indescifrables incógnitas. El significado de los ritos no siempre está al alcance de los fieles y Salvador Távora se apiada de la parroquia y en el programa de mano incluye el “Orden argumental de las acciones y las escenas”. Si se lee, se entiende algo. Si no, la propuesta es una extraña “liaison” metafísico-erótico-taurina, con impactos visuales tan hermosos como fugaces. “El animal negro al cual se enfrenta don Juan es la violencia natural del sexo.” La frase, citada enel programa, es de Max Frisch y probablemente de ella surgiera la idea del ceremonial que se ha estrenado con ligeros toques de ensayo general. La música pregrabada registraba, en ocasiones, el crepitar de los viejos vinilos y, en otras, se la castigaba con cortes brutales. Falló alguna vez el inalámbrico de la “cantaora” y en la penúltima escena entre don Juan y la monja violada, el “attrezzo” de la sor ofrecía unaire chapucero. Son leves errores fácilmente subsanables, supongo. Más dificil de corregir es la lejanía del grupo de cante y baile, elevado hasta el lugar que ocupan los clarines y la banda en las corridas. De todasmaneras, el flamenco ocupa un segundo lugar en una propuesta enla que prevalece la granson oridad orquestal y coral. Enla mejor tradición de La Cuadra, fandangos, “Voces de Alboreá” y la nueva tonada ideada por Távora se elevanhasta unas apoteosis decibélicas que, vistas desde el lado coreográfico y/o emotivo, no pueden competir conlas exhibiciones de un don Juan/Ángel Peralta enérgico, elegante, con una gran autoridad en todos los lances de la doma. Él y los otros caballeros, la reyerta entre donJuany su rival, la presencia de los antiguos alguaciles con sus gorros picudos, el vestuario y la recreación más omenos vaga de una corrida goyesca sonlos mejores componentes de un espectáculo que parte de un guión excesivamente enmarañado. Y luego está, claro, el gran problema: la ausencia de toro. Reía el público de Peralada ante la presencia del mozo de tienta con sus cuernos transportables, persiguiendo de mentira el cuerpo del torero. Reía al recordar las trifulcas de Távora conlos obstáculos legales y administrativos que ha encontrado para presentar en La Monumental de Barcelona la versión mayor de su espectáculo, enel que deberíanlidiarse dos toros, dos, esto es, una tercera parte del lote que se despacha enun a corrida habitual. Y alguienpregun taba: ¿Debería prohibirse la fiesta si el arrastre del toro se acompañara del “Réquiem” de Mozart? Tal vez sí. Tal vez el intento –más o menos feliz– de poetizar el rito taurino usual sería un delito que proscribir. Encaso contrario, no se entenderían muy bien las dificultades conlas que topó el proyecto de Távora. Al finy al cabo, el director no pide dos toros para hacerles saltar la comba, sino para practicar con“ellos” las mismas suertes, más escasas y menos “bárbaras” que las que cada semana se multiplicanen el país a todo trapo.c

    banner fira mediterrània
    banner fira mediterrània