Teatro La Candelaria, una de las compañías más famosas y longevas de Colombia, estrena por primera vez en Barcelona. Tras presentarse en el Festival Iberoamericano de Cádiz, al que ha acudido ya en cinco ocasiones, y antes de hacerlo en la Casa de Américas de Madrid, presentan dos funciones de Nayra en el Mercat de les Flors, con el aforo de la sala Maria Aurèlia Capmany reducido a 150 personas, ya que esta creación es una liturgia, un ritual que exige intimidad y una disposición circular del espacio escénico.

El teatro en Colombia es una “necesidad, no un lujo”, decía ayer Patricia Ariza, confundadora del grupo que dirige desde su inicios Santiago García y cuyo trabajo desde hace treinta años cabalga entre los textos escritos por miembros de la compañía (dieciocho) y los espectáculos de creación colectiva (diez hasta ahora) entendidos como lo hacía Enrique Buenaventura, otro gran maestro del teatro colombianao: “Crear colectivamente es creer en el otro y en la otra”. Nayra pone sobre el escenario un imaginario surgido de una memoria mítica en la que se mezclan arquetipos, esperanzas, dolores y personajes. El espectáculo nació a partir de una estancia de La Candelaria en San Juan Chamula, en Chiapas (México), donde hay una iglesia en ruinas que se utiliza para ritos de todas clases, desde los cristianos a los mayas, aztecas o ceremonias de sanación en un sincretismo cultural que convive sin mezclarse. Un espacio que inspiró el espectáculo aunque ahora poco tenga que ver con él, ya que Nayra es el resultado de un proceso de más de un año de descubrir y fijar a la manera fractal referentes del mundo actual en relación con las religiones y los mitos. “Una serie de construcciones y deconstrucciones permanentes, a veces simultáneas, que conducen en espiral hacia el fondo, a la manera de los círculos de Dante, hasta llegar a una gran implosión que estaría en el instante congelado del eclipse y la escena final de los espejos rotos”, explica Santiago García.

Nayra no tiene argumento y se dirige “a los sentimientos” porque quiere provocar sensaciones. El espectáculo surge de un trabajo teatral profundo, de una reflexión que lleva al descubrimiento –“el auténtico arte”, señala el director- y se articula en una secuencia que encadena los mitos de forma no premeditada y fruto pues de la intuición y el azar. En su conjunto,Nayra es “como una sinfonía con tres grandes movimientos, con sus tonos, sus cadencias, sus ritmos y silencios”, señala el director.

Dieciocho intérpretes dan vida a este espectáculo de unos setenta minutos de duración, incluido en la programación del Mercat a última hora y que carece del apoyo financiero del teatro municipal.

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