Lluís Pasqual será en febrero el nuevo director del Teatre Lliure, si la fundación se “corresponsabiliza” del proyecto que comenzará a elaborar a partir de mañana, sin nostalgias, sin rencores, mirando al futuro y teniendo claro que no quiere ser la tercera víctima de este teatro “que le costó la vida a Josep Montanyès”. Pasqual aceptó el ofrecimiento que le hizo el presidente de la Fundació del Teatre Lliure, Antoni Dalmau, no porque se considere “heredero natural de nadie ni de nada”, sino por la muerte de Montanyès. El director teatral aceptó, pero siguiendo un consejo de Grotowsky. “Si te preguntan ¿quieres matar a esta criatura, qué dirías?” “Que no, lógicamente”, le contesté. “Mal hecho”, respondió el creador polaco. “Debes decir siempre ‘no, dejadme pensarlo’.” Pasqual pidió tiempo para pensar y para elaborar un proyecto sobre el que en estos momentos dice no saber nada. De hecho, Pasqual sigue sin pisar el nuevo Lliure. ¿Por qué? Pues porque apenas ha estado en Barcelona y no ha tenido tiempo, asegura. Hace dos días fue a ver “Juli Cèsar” en el Lliure de Gràcia y habló con Àlex Rigola. ¿Proyecto compartido? El director dice que, como ha hecho siempre, hablará con quien crea conveniente, sin dar nombres y eludiendo la pregunta directa de si entre ellos figurarán los representantes de las administraciones que ocupan cuatro vicepresidencias en la fundación. “No creo que se puedan escribir novelas a cuatro manos”, sentencia.

Para Pasqual, la diferencia fundamental entre las circunstancias actuales y las que le llevaron a dimitir de la dirección hace casi dos años es que el Lliure está abierto. Recuerda el director que el suyo fue el único voto en contra de la firma del contrato programa del teatro, pero ayer ni lo rechazaba ni lo aceptaba asegurando que todo ha cambiado y que eso exige una reflexión. “Pero de todos. Yo tengo que reflexionar, pero los políticos también.” Reflexión que quiérase o no pasa por evaluar las necesidades de un teatro como el Lliure. Un “instrumento” que, en palabras de Pasqual, con unos costes fijos muy altos en relación con los ingresos, que suponen una “presión para los equipos artísticos”. Pero Pasqual no quiere hablar de programación –“eso es lo último”– ni de presupuestos. No acepta la palabra posibilismo. Su proyecto será “concreto”. Esto es, incluirá lo que piensa que debe ser un Lliure en solitario y cuánto cuesta hacer eso. Reconoce que el Lliure tiene que girar por Catalunya y por el resto del Estado, que hay que entrar en la vía de las coproducciones, pero no se pronuncia sobre el balance artístico de la etapa Montanyès. “Porque no he estado aquí ni la he seguido. He estado alejado. En todo caso tengo la sensación, y es eso una sensación, de que ha sido una programación excesiva cuantitativamente hablando. Y es posible que en el inicio se tuviera que hacer así. Pep era un hombre que lo daba todo y es posible que, de no haber sido por él, el Lliure no se habría inaugurado. Pero, ahora las cosas han cambiado. El Lliure está abierto.”

Niega Pasqual que se muera por dirigir el Lliure. “Ya he dirigido varios teatros. Ni por el Lliure ni por ninguno.” Rechaza la nostalgia del pasado y reprocha “el cinismo de las administraciones” ante la muerte de Montanyès al valorar “su capacidad de lucha”.

Y aunque habla de resucitar el espíritu del Lliure, niega que eso tenga que ver con una línea de programación predeterminada, ya que la línea “se establece, en todo caso, a posteriori” teniendo en cuenta, “obviamente”, que un teatro público se debe a un teatro de riesgo, comprometido y que sus expectativas no pasan por la taquilla como en el teatro comercial. “Hace muchos años que los teatros no tienen línea. Antes los teatros eran generadores de proyectos y ahora no, reciben los de la iniciativa privada, que no quiere decir la empresa, sino de grupos de gente que encuentran el lugar para generarlos en esos teatros.”

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