Desde los años setenta del pasado siglo y después de exprimir varios ciclos Shakespeare, en Inglaterra primero y Francia después, Peter Brook (Londres, 1925) fue situando su obra de dramaturgo-demiurgo al amparo de dos principios, más y más elocuentes de día en día. El de la depuración y simplificación escénica, por un lado, y el de la multiculturalidad por otro. Si bien es cierto que en 1971, cuando abre Bouffes du Nord, donde se ubicarà el Centre international de créations théâtrales, Brook sorprende al mundo con un Marat Sade dotado de un gran aparato escenográfico e interpretativo, también lo es que de inmediato se notarán los efectos de una austeridad espectacular a la que se presta, asimismo, la modestia formal y hasta un punto ruinosa que el director quiso imprimir desde el primer momento a su cuartel general de París.

Meses después de que Peter Brook visitara por vez primera Barcelona para presentar la ópera La Tragédie de Carmen (febrero de 1983), el director estrenará en el Festival de Aviñón Le Mahabharata,un monumento ritual sobre el gran libro sagrado de la India con el que alcanzará una renovada proyección internacional. Ambos títulos, tan radicalmente distintos, tienen un rasgo dramatúrgico común: el empeño en despojar la escena de elementos ornamentales superfluos, para construir la historia con el simbolismo del objeto teatral y una absoluta concreción de la fisonomía de los personajes. A partir de aquel momento, y con los lógicos vaivenes, estos criterios se expresarán con una progresiva radicalidad. Serán veinte años de un teatro preocupado por la sencillez, por la ausencia de cualquier forma retórica, por una gran economía escenográfica, por un compromiso ético y político encomiable y una voluntad didáctica indeclinable.

Dos largos decenios hasta llegar al cuento Sizwe Banzi est mort que Brook presenta en el festival aviñonés, levantando una expectación que, después de echar la cuenta de los pros y los contras, acaba comunicando al público un inevitable sentimiento de frustración.

La historia, firmada por Athol Fugar, John Kani y Winston Ntshona y adaptada al francés por Marie-Hélène Estienne, transcurre en Sudáfrica en tiempos del apartheid. Refiere el cuento la apropiación por parte de un ciudadano negro de los documentos de un paisano, hallado muerto en la calle, que le permitirán acceder a una situación legal, suplantando al difunto después de renunciar a la propia identidad. Si en Sudáfrica la anécdota puede haber prescrito, en muchas ciudades de Europa y América, destino de mucha inmigración ilegal, alcanza, como es bien sabido, una trágica vigencia.

Una cosa, sin embargo, es la noble intención de la pieza, bañada de principio a fin por una impresionante ingenuidad, y otra el interés artístico de un producto que, de firmarlo un director desconocido, no merecería ni dos líneas de comentario. Sizwe Banzi est mort es una creación discretísima, donde la candidez parece confraternizar con unos aires amateuristas impropios de Aviñón y del prestigio de Brook. El director, no obstante, parece hacer apostolado con los intérpretes que elige, y aquí, dos actores negros, que ya han intervenido en otros montajes suyos – Habib Dembélé, correcto, y Pitcho Womba Konga, voluntarioso- se lo pasan muy bien aburriendo al respetable.

Esperemos que en su fecunda madurez, Peter Brook no ceda a la tentación de vivir del mito.