Iconoclasta y divertida, poseedora de un lenguaje desafiante y transgresor –lo mismo baila una bulería sobre zapatillas de puntas que se enreda con manos y pies en el rock más eléctrico–, Sol Picó constituye una de esas rara avis de la escena coreográfica que, sin más armas que la de su poder de seducción, ha conseguido traspasar el estrecho círculo de la afición, atrayendo para sí públicos de las más diversas tendencias, desde el ámbito del arte contemporáneo a la escena electrónica. De todo ello se alimentan sus propuestas. Una cualidad que no debió dejar indiferentes a los responsables del Teatre Nacional de Catalunya, que el pasado año la invitaron a trabajar en sus dependencias en calidad de compañía residente. Fruto de esta experiencia –que se prorrogará por otra temporada más– la coreógrafa de Alcoi estrena hoy La dona manca o Barbi-Superestar, espectáculo que define como “una borrachera de contrastes” y que podrá verse hasta el 8 de junio en la Sala Tallers.

Después de “Bésame el cactus”, premiadísimo solo que aún hoy –dos años después de su estreno– gira incannsable por toda Europa, Sol Picó necesitaba compartir lo aprendido, “el material acumulado”, con un grupo de personas, mujeres en este caso, que le ayudaran a adentrarse en “el universo femenino, pero desde lo que podríamos llamar su naturaleza más salvaje, desde la viscera”. Ya en el título se puede más o menos intuir por donde van los tiros: “A todas las mujeres nos falta algo, pero al mismo tiempo podemos ser perfectas como esa Barbi, que en el fondo no existe…” De la elegancia más sofisticada a la “foca camionera”, del “glamour a lo cutre”, pasando por todas las gamas intermedias, el espectáculo se presenta como una “borrachera de contrastes” que propone “metáforas impactantes sobre la fantasía de la felicidad, el sufrimiento femenino, los mitos sexuales o la incomunicación”. Eso sí, todo ello, aclara, “desde una perspectiva surrealista y con un punto de locura”.

Al igual que en “Amor Diesel”, espectáculo para dos bailarinas y tres excavadoras que pudo verse en la pasada Mercè, Sol Picó opta por situarse detrás del escenario y confíar la interpretación en seis bailarinas (Ana Criado, Iva Horvat, Lola López Luna, Maribel Martínez, Anna Roblas y Maria Stamenkovic) que lejos de componer un conjunto homogéno, han sido escogidas por lo muy diferentes que son entre sí. Sus edades, 23 a 40 años , y en cuanto a alturas, la medidas se mueven entre 1,50 y el 1,80. Poetas, amas de casa, pintoras … que, desafiando el tradicional rol masulino, se portean unas a otras en un solitario hangar en el que los personajes aparecen y desaparecen dejando pequeños rastros de sus historias. Junto a ellas, y también sobre el escenario, Mireia Tejero (saxo) y Carlos López (electrónica) dan forma a su propia composición musical con la ayuda de Maddish Falzoni (acordeón) y la cantante Dácil López. Para la puesta en escena, entre cuyos colaboradores figura asimismo el artista plástico Nico Nubiola, la coreógrafa ha contado con el asesoramiento dramatúrgico y dirección teatral de Txiqui Berraondo, quien señala que “nunca antes me había encontrado con una artista como Sol Picó, una suerte de ‘Maruja ilustrada’ como ella misma se define, una mujer seria y reflexiva pero envuelta de un halo punky y que entra en el escenario con lo que hay que entrar: cargada de ideas inflamables”.

Autora de un buen número de espectáculos propios Peve, espectacular dance poemato, Razona la vaca, E.N.D. (Esto No Danza) o D:V.A (Dudoso valor Artístico) y de colaboraciones con compañías y artistas como Los Rinos (Conferencia en Rinolaxia), Marcel·lí Antúnez (Retrats, Diversos animales, el pluralismoo grupos como El Último de la Fila (en el vídeo Como un burro), Solo Picó se trata de ” un juego en el que todo está permitido”, si bien duda de su capacidad de provocación “porque a estas alturas cualquier Hotel Glamour es muchísimo más bestia que los artistas podamos hacer sobre un escenario”.

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